Perú 2026: el relato optimista choca con los números
El vestuario puede estar con música al mango, bromas y palmadas, pero la tabla no oye canciones. Este lunes, 23 de febrero de 2026, la selección peruana está justo en ese punto incómodo, donde el cuento del “todavía se puede” corre ligero, bastante más que lo que el equipo realmente produce en juego. Así. Y yo me quedo del lado de los números, aunque a más de uno le llegue a fastidiar.
El país quiere creer, la data pide freno
La charla popular empuja una idea bien instalada: con un par de regresos, Perú vuelve a competir como en esas noches top de Ricardo Gareca. Se entiende, claro, la memoria emotiva; en Lima Rusia 2018 todavía se cuenta como sobremesa larga, repetida, casi ritual. Pero este proceso no se parece a ese. No da. En la ruta a Qatar, Perú cerró con 24 puntos en 18 partidos y se metió al repechaje; ese dato está ahí, pesa de verdad y sirve para medir exigencia. Hoy la blanquirroja no sostiene ese ritmo de puntos, y para cualquiera que mire apuestas sin camiseta, esa es la primera alarma.
En lo táctico también hay brecha. Ese Perú fuerte atacaba con laterales agresivos y extremos que recibían perfilados hacia adelante; ahora, durante tramos largos, el equipo cae en circulación horizontal y centros cantados, y mientras el relato insiste con la “mala suerte”, el video te grita otra cosa. Falta más. Faltan metros ganados por dentro y un nueve que amarre centrales 70 u 80 minutos con continuidad, porque sin ese ancla todo queda en aproximaciones, en intención, en casi.
Lo que vimos antes en Perú explica lo de ahora
En 1997, cuando la selección peleó hasta el final por Francia 98, había una identidad clarísima: presión emocional en el Nacional, sí, pero además automatismos bien aceitados con José del Solar y Nolberto Solano sacando ventaja por banda y segunda jugada. No era solo empuje. Era estructura. Y ese recuerdo importa porque hoy, cuando Perú acelera por obligación —más por apuro que por plan— muchas veces se jala su propio bloque, se parte en dos y regala metros que después cuestan carísimo.
Se me viene a la cabeza el Perú-Uruguay del repechaje frustrado en marzo de 2022: noche discutida por una jugada puntual, sí, aunque también dejó en evidencia lo difícil que era sostener profundidad cuando el rival cerraba carriles interiores y te obligaba a ensanchar sin lastimar. Raro de verdad. Esa película, con matices, se repite. Cambian nombres, sigue el atasco.
No compro eso de que “el próximo partido se gana por historia”. La historia llena tribuna; no mueve sola la línea de cinco rival ni corrige tiempos de presión tras pérdida. Ahí está todo. Ahí vive la diferencia entre fe y lectura competitiva.
Apuestas: por qué el mercado emocional castiga a quien se apura
Cuando entra Perú en agenda, mucha apuesta recreativa se va al toque al triunfo en 1X2 por identidad, no por forma. Ese sesgo sale caro. Si un operador te ofrece a Perú por debajo de 2.00 frente a un rival de tramo medio sudamericano, para mí ya hay señal de sobreprecio emocional, o sea, te están cobrando camiseta, y bastante.
Yo prefiero mercados donde pese más el partido real que el escudo. En una selección que llega con baja fluidez ofensiva, los “menos de 2.5 goles” suelen tener más sentido que el ganador final, sobre todo en eliminatoria, donde el minuto 60 todavía huele a cálculo y nadie quiere quedarse piña por un error. Paciencia. Y si la línea de “ambos anotan” está cargada al sí por narrativa de urgencia, yo miraría con calma el no, porque Perú hoy puede tener fases de dominio, sí, pero no siempre arma secuencias limpias de remate.
Hay un dato que casi nadie quiere tocar: en eliminatorias sudamericanas, la localía peruana históricamente empuja resultados, pero no asegura partidos abiertos. El Nacional aprieta. Eso pesa. Eso no significa festival de goles. Quien apuesta como si cada noche fuera 2-1 está jugando al recuerdo, no al presente.
Mi posición, sin tibieza
Yo sí creo que Perú puede competir en la próxima fecha FIFA. Lo que no creo, ni un poco, es que ya esté para ser favorito automático por camiseta o nostalgia. El relato popular está adelantando capítulos que la selección todavía no escribe.
Si tuviera que poner mi plata este martes o en la próxima ventana, haría algo menos romántico: esperaría alineaciones, evitaría el 1X2 prematuro y entraría recién cuando vea estructura en campo, especialmente la altura del doble pivote y cuántas recepciones limpias consiguen los extremos en el primer cuarto de hora, porque si eso no aparece, yo paso de largo, sin drama, aunque suene frío. A veces la mejor apuesta es ninguna. Tal cual.
Y cierro con una herejía para el hincha apurado: prefiero perder una oportunidad antes que defender una ilusión mal pagada. La blanquirroja todavía puede pelear, claro que sí, pero en febrero de 2026 manda más el número que la nostalgia. Si el mercado te vende épica a precio de certeza, yo no compro. Ni de broma.
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